Como no me quedo convencido de los resultados artesanos, semanas después llevo los relojes a AUTOCONTROL, en la calle Entença. El tipo que me coge el pedido se flipa cuando le digo a la moto que pertenecen. Resulta que también es, o había sido motero y me cuenta unas batallitas de una Montesa Crono y una Yam RD 350 que había tenido. Ante esto le cuento la historieta de mi RD claro, y es lo que tiene esto de tener hierros viejunos, las batallitas de turno. Días después me comunican el presupuesto: ¡170 €! Me pregunto que coño les van a hacer y cuanto deben costar nuevos, si los encuentro. Localizar otros de segunda mano que estén mejor que los míos en una utopía y no conozco más talleres que se dediquen a esto. Así que no queda más remedio que pasar por el aro y pagar, aunque desde luego, si llego a saber todo esto no los hubiera llevado a reparar precisamente en estos momentos ya que hay otros asuntos más importantes a los que prestar atención, por ejemplo las putas membranas: con el precio de los relojes tenía
pagada una. Al cabo de un tiempo voy a buscarlos y sí, me los han dejado estupendos, pero joder, ¡lo que me han costado! El cuentakilómetros me lo han dejado en 33.000 que es lo que marcaba cuando me dieron la moto. Sólo tengo que acordarme de ir sumándole 24.000 km más para tener controlado el mantenimiento teórico de la moto.
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21/4/11
Relojes de Yamaha XJ 650
24/12/07
La XJ Seisymedio (II)
La curiosidad fue demasiado atractiva. No pude resistirme y un fin de semana de Julio se me ocurrió que era un buen día para ver que le pasaba a la moto. La cara de feliz que se me debió de quedar cuando di con el fallo de la caja de cambios. El tiempo invertido fue de una horita con mucha tranquilidad. El coste fue de 0 €. Ahora podía decir sin problemas que había adquirido una moto funcionando por sólo 100 €. Flipante. Inicialmente, mis sospechas iban encaminadas hacia los muelles del selector de velocidades o algún fallo que impedía el libre movimiento de las palancas interiores. Así que desmonté el reenvío del pie y abrí la tapa del cárter de la caja de cambios. Aparentemente todo estaba bien y en su sitio. No quería imaginarme que el problema pudiera venir del interior, de los engranajes del cambio. Así que empecé a pensar y pensar como funcionaba aquello o como debería funcionar si todo estuviera en su sitio. Hasta que fui montando las cosas, marcha atrás y viendo si funcionaban. Y así acabé montando el reenvío de nuevo y conseguí meter la 2ª, la 3ª, la 4ª y la 5ª velocidad. Porque hay que ser muy cazurro para montar el reenvío mal y hacer que choque con el cárter. Y es que era eso lo que le habían hecho a la pobre moto. ¿Y la querían llevar al desguace por aquel error? ¿Y el mecánico aquel quería cobrar sobre 500 € por la reparación? ¡Me parece increíble!
Como lo de las goteras del techo llevaba para tiempo, monté de nuevo todo lo que había desmontado de la XJ y la dejé apartada en la pared. Otra vez a esperar… Mientras tanto hice una lista de las cosas que debía rehabilitar para su correcto funcionamiento y poder pasar la ITV sin problemas. En un principio, en plan punky, la moto podía seguir tirando unos buenos kilómetros sin muchas complicaciones pero estaba el factor ITV, ya que no tendría el permiso de circulación de Tráfico hasta que no presentara los papeles conforme había pasado la prueba satisfactoriamente. Y sin el permiso, tampoco hay seguro. De manera que ya que teníamos que hacer unos arreglitos, nos pondríamos tontos y la dejaríamos de puta madre. El listado lo encabezaba la compra de una nueva junta para la tapa del cambio, y seguía con la puesta al día que le debían a esa moto desde hacía más de 10 años: engrase y lubricación general de partes móviles, renovación del aceite de la horquilla, renovación del líquido de frenos y palanca nueva, cambio de aceite motor y filtro, cambio de filtro de aire, cambio de aceite del cardan, neumático trasero nuevo, batería nueva, inspección del reglaje de válvulas y limpieza y sincronización de los carburadores. Para esto último estoy pendiente de comprar un vacuómetro en una tienda on-line. De todas formas, lo de la junta de la tapa del cambio tuvo guasa porque los de Yamaha se tiraron más de 2 meses en vendérmela. En España no había, en Holanda se había agotado también y la tenían que traer de Japón. Eso sí, me dijeron que no había problemas de recambios, que en Japón había de todo pero claro, igual tardaban un huevo en traerlo porque se esperaban a hac
er un pedido grande, por el tema de portes. ¡Hay que joderse! A todo esto, decidí definitivamente que me quedaría con esta vieja dama para darle lo que merecía desde el mismo momento en que salió por la puerta del concesionario, por el año 1983: mucho cariño, un buen mantenimiento y muchos kilómetros que devorar. Para eso había nacido y para eso había llegado a mis manos.
Como lo de las goteras del techo llevaba para tiempo, monté de nuevo todo lo que había desmontado de la XJ y la dejé apartada en la pared. Otra vez a esperar… Mientras tanto hice una lista de las cosas que debía rehabilitar para su correcto funcionamiento y poder pasar la ITV sin problemas. En un principio, en plan punky, la moto podía seguir tirando unos buenos kilómetros sin muchas complicaciones pero estaba el factor ITV, ya que no tendría el permiso de circulación de Tráfico hasta que no presentara los papeles conforme había pasado la prueba satisfactoriamente. Y sin el permiso, tampoco hay seguro. De manera que ya que teníamos que hacer unos arreglitos, nos pondríamos tontos y la dejaríamos de puta madre. El listado lo encabezaba la compra de una nueva junta para la tapa del cambio, y seguía con la puesta al día que le debían a esa moto desde hacía más de 10 años: engrase y lubricación general de partes móviles, renovación del aceite de la horquilla, renovación del líquido de frenos y palanca nueva, cambio de aceite motor y filtro, cambio de filtro de aire, cambio de aceite del cardan, neumático trasero nuevo, batería nueva, inspección del reglaje de válvulas y limpieza y sincronización de los carburadores. Para esto último estoy pendiente de comprar un vacuómetro en una tienda on-line. De todas formas, lo de la junta de la tapa del cambio tuvo guasa porque los de Yamaha se tiraron más de 2 meses en vendérmela. En España no había, en Holanda se había agotado también y la tenían que traer de Japón. Eso sí, me dijeron que no había problemas de recambios, que en Japón había de todo pero claro, igual tardaban un huevo en traerlo porque se esperaban a hac
4/11/07
La XJ Seisymedio.

El 19 de Abril me llama Rubén y me dice que tiene un compañero de curro que va a dar de baja una moto, por no sabe qué problemas con la caja de cambios. Dice que como a mi me gustan los hierros antiguos y esta, por lo visto es del 82, igual me interesa. Debe ser que la gente ya me ve como a una vieja de estas que se dedica a recoger animales perdidos. Me da el teléfono del personaje en cuestión para que me ponga en contacto con él.
El día siguiente voy a ver la moto con Ikki, que me acompaña en coche. Es una Yamaha XJ 650, con maletas Krauser y otra central, en un estado aparentemente, bastante dejado. Miro el kilometraje y marca unos 33.000 km. Venga ya, si en la chapa de identificación, en efecto pone que es del año 82. Voy mirando detallitos de uso que me desvelan que tiene más kilómetros recorridos de los que declara, es imposible que prácticamente no la hayan movido en todos estos años. Vamos bien. Por fin viene el dueño, un tal Pere, que no tiene ni pajolera de motos y sólo la quiere para ir al trabajo. Se la vendió hace poco tiempo uno de sus jefes por 4 duros y le dijo que se tiró 10 años parada por el susto de una caída. Seguimos, pues, con la típica historia de que no se ha usado casi nunca. Me comenta que sólo entra la 1ª velocidad y el punto muerto y que le dijo un mecánico que le costaría sobre 400-500 € arreglarla. Obviamente, Pere se lo pensó 3 segundos y dijo que para la basura se iba, la puta moto. Así que ahí estaba yo, decidiendo si quedarme o no con ese glorioso hierro. El colega, además tiene la desfachatez de pedirme 100 € por ella, que sino llama a un amigo urbano suyo (parece que todo el mundo tiene amigos influyentes menos yo) y se la llevan ya mismo al desguace, que el tío lo que quiere es sacársela de encima lo antes posible. Me río por dentro y con cara de póquer le contesto que si me la regala, de puta madre, pero que yo no pago ni un duro por el cacharro ese. Bastante tengo con pagar el impuesto de circulación y el cambio de nombre, que ya se van a 100 €, más la reparación, para que encima intente sacar un beneficio. Además, y esto lo hago muy serio, le digo que si quiere ahora mismo llamo a la Guardia Urbana y mañana ya se la han llevado, sin necesidad de tener ningún amiguete metido allí. Que no me vacile con eso, por favor. Pere que se lo piensa, esta vez un poco más, y me dice que vale, pero que lo haga lo antes posible porque no la quiere tener en la calle mucho tiempo. No sé que perra tiene el tipo cogida por mandarla a paseo con tantas prisas. Le tranquilizo, como un auténtico profesional de la compra-venta, diciéndole que el mismo Lunes le llamo para pedirle los papeles necesarios, que el Martes por la mañana voy a la Campana a hacer el cambio de nombre y arreglar el tema de la ITV (porque además, no os he dicho que tampoco la tiene pasada) y que esa misma tarde me la llevo con viento fresco. Todo correcto.
El jueves 26 pasaba a mí poder y me la llevaba de ese barrio de no muy buena reputación en 1ª, recalentándola y quemando aceite mientras me escoltaba Moni con su Scoopy. Y el Sábado de esa misma semana, Damián me dejaba su remolque para llevarla a El Garaje. Todo controlado.
Ese fin de semana me doy cuenta de que la historia-leyenda que me había contado Pere sobre la moto realmente podría tener fundamentos. Miro y remiro la moto de adelante a atrás, por dentro de los recovecos, con detenimiento, esta vez sin las prisas de la calle y me voy convenciendo de dos cosas: de que la moto sí que tiene solamente 33.000 km y de que yo no soy tan versado en la materia como pensaba. Siempre hay alguna cosa que te puede llegar a sorprender.
Mi idea original era ver que carajo le pasaba a la caja de cambios, arreglarla lo antes posible, adecentarla y decidir que hacer con ella: o la vendía y seguía su destino incierto, o me la quedaba y su destino quedaba sentenciado a devorar kilómetros. Fueron pasando los meses sin saber lo que albergaba el cambio por culpa de la maldita gotera que tenía el techo de El Garaje. Como soy un tío muy pijoteras con mis reparaciones y herramientas, me da mucho por el saco tener que estar siempre a medias, así que esperé pacientemente a que acabaran de arreglar de una puñetera vez esa grieta que hacía que se me inundara todo cada vez que llovía. La espera duró meses.
El día siguiente voy a ver la moto con Ikki, que me acompaña en coche. Es una Yamaha XJ 650, con maletas Krauser y otra central, en un estado aparentemente, bastante dejado. Miro el kilometraje y marca unos 33.000 km. Venga ya, si en la chapa de identificación, en efecto pone que es del año 82. Voy mirando detallitos de uso que me desvelan que tiene más kilómetros recorridos de los que declara, es imposible que prácticamente no la hayan movido en todos estos años. Vamos bien. Por fin viene el dueño, un tal Pere, que no tiene ni pajolera de motos y sólo la quiere para ir al trabajo. Se la vendió hace poco tiempo uno de sus jefes por 4 duros y le dijo que se tiró 10 años parada por el susto de una caída. Seguimos, pues, con la típica historia de que no se ha usado casi nunca. Me comenta que sólo entra la 1ª velocidad y el punto muerto y que le dijo un mecánico que le costaría sobre 400-500 € arreglarla. Obviamente, Pere se lo pensó 3 segundos y dijo que para la basura se iba, la puta moto. Así que ahí estaba yo, decidiendo si quedarme o no con ese glorioso hierro. El colega, además tiene la desfachatez de pedirme 100 € por ella, que sino llama a un amigo urbano suyo (parece que todo el mundo tiene amigos influyentes menos yo) y se la llevan ya mismo al desguace, que el tío lo que quiere es sacársela de encima lo antes posible. Me río por dentro y con cara de póquer le contesto que si me la regala, de puta madre, pero que yo no pago ni un duro por el cacharro ese. Bastante tengo con pagar el impuesto de circulación y el cambio de nombre, que ya se van a 100 €, más la reparación, para que encima intente sacar un beneficio. Además, y esto lo hago muy serio, le digo que si quiere ahora mismo llamo a la Guardia Urbana y mañana ya se la han llevado, sin necesidad de tener ningún amiguete metido allí. Que no me vacile con eso, por favor. Pere que se lo piensa, esta vez un poco más, y me dice que vale, pero que lo haga lo antes posible porque no la quiere tener en la calle mucho tiempo. No sé que perra tiene el tipo cogida por mandarla a paseo con tantas prisas. Le tranquilizo, como un auténtico profesional de la compra-venta, diciéndole que el mismo Lunes le llamo para pedirle los papeles necesarios, que el Martes por la mañana voy a la Campana a hacer el cambio de nombre y arreglar el tema de la ITV (porque además, no os he dicho que tampoco la tiene pasada) y que esa misma tarde me la llevo con viento fresco. Todo correcto.
El jueves 26 pasaba a mí poder y me la llevaba de ese barrio de no muy buena reputación en 1ª, recalentándola y quemando aceite mientras me escoltaba Moni con su Scoopy. Y el Sábado de esa misma semana, Damián me dejaba su remolque para llevarla a El Garaje. Todo controlado.
Ese fin de semana me doy cuenta de que la historia-leyenda que me había contado Pere sobre la moto realmente podría tener fundamentos. Miro y remiro la moto de adelante a atrás, por dentro de los recovecos, con detenimiento, esta vez sin las prisas de la calle y me voy convenciendo de dos cosas: de que la moto sí que tiene solamente 33.000 km y de que yo no soy tan versado en la materia como pensaba. Siempre hay alguna cosa que te puede llegar a sorprender.
Mi idea original era ver que carajo le pasaba a la caja de cambios, arreglarla lo antes posible, adecentarla y decidir que hacer con ella: o la vendía y seguía su destino incierto, o me la quedaba y su destino quedaba sentenciado a devorar kilómetros. Fueron pasando los meses sin saber lo que albergaba el cambio por culpa de la maldita gotera que tenía el techo de El Garaje. Como soy un tío muy pijoteras con mis reparaciones y herramientas, me da mucho por el saco tener que estar siempre a medias, así que esperé pacientemente a que acabaran de arreglar de una puñetera vez esa grieta que hacía que se me inundara todo cada vez que llovía. La espera duró meses.
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